Es
gracioso entrar en twitter y ver que la gente te ha retuiteado “la vida es una hija de puta”. Sí, no
suena gracioso, es una frase jodida de decir porque si la dices es que la vida
te ha dado razones para hacerlo, pero para mí si es gracioso porque toda la
gente que lo ha retuiteado no creo que tenga un problema ni la mitad de gordo
que tengo yo ahora mismo y si me equivoco, lo siento.
Ahora
mismo no sé qué siento, no sé qué decir, no sé qué pensar. Tengo miedo, por
supuesto que lo tengo, no soy de piedra por mucho que no sea de las que dicen
siempre “te quiero”. Me apetece meterme debajo del edredón y no salir, poco
importa ya la claustrofobia. Lloraría hasta que me quedase sin lágrimas y me
daría igual porque lloraría sangre hasta que me quedase también sin ella. Ahora
mismo daría mi vida al diablo con tal de no perderte, no solo daría mi vida, le
debería mil vidas al diablo con tal de no perderte, con tal de no levantarme un
día y que no me digas “purruquiqui” o alguna palabra de las que te inventas y
no tienen sentido, con tal de oír cómo te metes con mis pantalones de colorines
pero después me dices que me quedan bien… Sé que me duele todo, me pesan las piernas, tengo los músculos atrofiados, dormidos, inamovibles (siempre he querido usar esta palabra), es como
respirar sin pulmones, es tener ganas de gritar y que no te salga ni un triste
susurro.
No voy
a negar que me gusta que la gente me apoye o intente hacerlo o quiera estar ahí
para mí, pero es difícil, difícil y chungo escuchar cómo te dicen todo el rato
que seas fuerte, que no lo pienses y que todo va a salir bien cuando sabes que
no, que nada pinta bien, y que no
tienes ni puta idea de lo que significa ser fuerte. Una amiga de mi hermana
dice que ser fuerte es hacer cosas que no te apetece hacer y es verdad, no han
pasado muchos días pero ya me he dado cuenta, ser fuerte es salir de la cama
cuando no tienes ganas, ducharte cuando menos ganas tienes, reír cuando solo
quieres llorar, estudiar cuando solo quieres abandonar la carrera y quedarte en
casa todo el día. Eso es ser fuerte, intentar estar normal cuando vas jodido.
Me
pongo a pensar en todo lo que significas para mí, en cómo eres la persona con
la que más horas paso al día, siempre, desde pequeña, igual ahora menos, pero
son cosas que no se olvidan. En todas las semanas en las que estábamos rodeados
de nieve, en todas las conversaciones sobre deporte que siempre terminabas con
la frase “ojalá te supieses así de bien las cosas de clase” pero en el fondo
había orgullo tras tus palabras, en todas las cosas que tenemos pendientes, en
la última promesa “cuando me ponga bien del estómago nos vamos a ver el
baloncesto a Madrid”, en los planes futuros, en las discusiones pendientes…
Quiero
llorar y no me gusta y todo se amontona en un lugar entre el estómago y el
esófago y parecen ganas de vomitar pero no lo son, es lo que las madres y
abuelas llaman “angustia” y que ahora, 19 años después logro comprender.
Y estoy
aquí, en mi habitación, sentada delante de un fondo amarillo para emular el
mundo amarillo porque es lo más cerca que tengo sobre el cáncer y me doy cuenta
de varias cosas, una de ellas que hace dos años cuando me leí el libro por
primera vez no me podía ni imaginar que esto iba a pasar, que iba a pasar por
algo así, que la vida iba a ser tan puta con nosotros y también que es verdad
todo lo que dicen sobre los libros, depende mucho el momento en el que te lo lees
en las cosas que entiendes, la primera vez que lo leí me fijé mucho más en las
cosas de la vida que cuando habla de cáncer y ahora que estoy casi metida de
lleno, no puedo dejar de encontrarme la dichosa palabra entre frase y frase,
pero supongo que esto también me viene bien y como he aprendido en clase, no
hay que caer en la negación de una enfermedad porque luego se pasa peor.
Sigo
en mi habitación y mi móvil no deja de vibrar, wachap tras wachap, repetir y
repetir lo mismo una y otra vez y darte cuenta de lo malo que es el boca a boca
porque en realidad nadie sabe la historia real. Y el móvil de mi madre suena y
me gusta porque sé que también tiene gente que la apoya, pero duele, porque sé
también que odia repetir exactamente igual que yo. Y el móvil de mi padre suena
y es al que más le cuesta contar y me gusta oírle hablar con la gente porque es
cuando más fuerte le veo, de cara al exterior y me gusta también por la mucha
gente que tiene alrededor. Y el teléfono de casa suena y en realidad es siempre
la misma historia y duele y nunca va a dejar de hacerlo sea lo que sea que nos
digan el viernes.
Y mi
cabeza está en todas partes menos en mi habitación, está en ti, en la palabra
familia que ahora más que nunca se hace fuerte, en el futuro que es cada vez
más incierto (ahora empiezo a comprender la palabra “incertidumbre” de la que
tanto hablamos en clase), en el pasado al que tantas ganas tengo de volver. Y repito
las palabras que llevo escuchando toda la semana “tienes que ser fuerte, piensa
en otra cosa, todo va a salir bien” y sigo sin comprenderlas, pero no me
importa, porque ya no me importa nada, las cosas que antes parecían un drama ya
no lo son, incluso me da rabia haber llorado por aquellas estupideces que no
tienen nada que ver con lo que es ahora.
Y
quiero ser fuerte, pensar en otra cosa y que todo salga bien…
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