No sé por qué todavía espero que las cosas sean diferentes cuando está claro que nada va a cambiar.
Revivo la misma realidad una y otra vez, me sé todo ya de memoria, es como estar repitiendo constantemente el mismo día, me acuerdo de cada detalle y las sensaciones se magnifican y duele como sí me estuviesen marcando con acero incandescente. Aún así parece que ha pasado media vida desde que fuimos felices. No sé si me acuerdo de cómo era sentirse feliz.
Antes me preguntaba por qué los demás no veían las cosas igual que yo, pero ya no lo hago, y es que la respuesta es siempre la misma, a ellos no les ha pasado nada.
Puede que lo que quiera es que pase el tiempo, caminar sola por una calle despejada, con el frío de compañero y mi propio cerebro como equipaje que perder en cualquier estación. Vivir lejos de la realidad, construir un mundo para mi, de mentira, en el que ser otra persona con otra historia. Pero en el fondo sé que tengo que seguir aquí, afrontar lo que soy y lo que tengo, intentar reconstruir el corazón que ya no encuentro dentro de mi pecho, limpiar mis ojos, vivir. Por ti y por las dos hostias que me darías si no lo hiciese.
Pero es que duele papá. Duele echarte de menos. Duele que no estés.